En la cultura contemporánea, obcecada como está con memoria y con traumas sobre genocidio y terror de estado, el olvido tiene una ‘mala' prensa. El olvido puede describirse como el fracaso de la memoria e implica un rechazo o inhabilidad para comunicar.

A pesar de que algunos argumenten que nuestra cultura está demasiado centrada en el pasado, el olvido permanece bajo una sombra de desconfianza y se ve como un fracaso evitable o como una regresión indeseable. Por otro lado, la memoria puede ser considerada crucial para la cohesión social y cultural de una sociedad. Cualquier tipo de identidad depende de ella. Una sociedad sin memoria es un anatema. La imagen negativa del olvido, no es, por supuesto, ni sorprendente ni especialmente nueva. Podemos observar una fenomenología de la memoria, pero con certeza no tenemos una fenomenología del olvido. La falta de atención sobre el olvido puede ser documentada en la filosofía desde Platón hasta Kant, desde Descartes hasta Heidegger, Derrida y Umberto Eco, que una vez rechazó, sobre la base de la semiótica, que podría haber algo así como un arte de olvidar, análogo al arte de la memoria.

Estamos refiriéndonos con facilidad a una ética del trabajo de la memoria, pero probablemente negando que también podría haber una ética, mucho más que simplemente una patología del olvido.
Memoria, de cualquier forma, parece requerir esfuerzo y trabajo, olvido, al contrario, simplemente acontece.

En consecuencia, la demanda moral para recordar ha sido articulada en contextos religiosos, culturales, y políticos, pero, excepto Nietzsche, nadie hizo nunca una tentativa de elaborar una ética del olvido. Tampoco lo voy a hacer aquí, pero es claro que necesitamos ir más allá del "sentido común" binario que supone un abismo irreconciliable entre el olvido y la memoria.

Debemos ir también más allá de la tesis contenida en la paradoja que el olvido es constitutivo de la memoria. Reconocer esta paradoja, a menudo, implica concordar con el continuo predominio de la memoria sobre el olvido.Es útil recordar la patología de la memoria total, tal como Borges la describe de manera tan brillante en su historia Funés, el memorioso , reconocer que el olvido, en su amalgama con la memoria, es crucial para ambos: conflicto y solución en las narrativas que componen nuestra vida pública e íntima. El olvido no solamente hace ‘vivible' la vida sino que es la base para los milagros y epifanías de la memoria.

Existe una política de olvido público que difiere de la que conocemos como simplemente represión, negación o evasión. Voy a presentar un caso histórico de olvido público – no en el sentido abstracto o genérico, sino con relación a situaciones concretas en que el olvido público era constitutivo de un discurso memorialista, políticamente deseable.

Voy a analizar dos debates recientes en que memoria y olvido se implican en un pas de deux compulsivo: Argentina y la memoria del terror de estado, por un lado, y de otro, Alemania y la memoria de los bombardeos permanentes de las ciudades alemanas en la II Guerra Mundial.

La relación política entre estos dos casos, geográfica e históricamente tan dispares es que en ambos, tanto el olvido como la memoria, ha sido crucial en la transición de la dictadura a la democracia. Ambos configuran una forma de olvido necesaria para las reivindicaciones culturales, legales y simbólicas en pro de una memoria política nacional. Especialmente en el caso alemán, estoy inclinado a hablar de una forma políticamente progresiva de olvido público. Al mismo tiempo, se reconoce que hay que pagar un precio por esa instrumentalización de la memoria y el olvido en el dominio público. Aún formas políticamente deseables de olvido darán resultados que distorsionan y erosionan la memoria.

El precio a pagar es comprensión, precisión y complejidad.
En pocas palabras: en Argentina había una dimensión política del pasado, a saber, los atentados en la guerrilla urbana a principios de la década de 70, tuvieron que ser ‘olvidadas' (silenciadas, desarticuladas) para conseguir un consenso nacional de memoria que emerge en torno de la figura del desaparecido como víctima inocente.

En cambio, en Alemania, fue la dimensión de la experiencia de los bombardeos de las ciudades alemanas que tuvieron que olvidarse para admitir plenamente el Holocausto como parte central de la historia nacional y de auto-comprensión.

Obviamente, Argentina ha alcanzado una nueva fase de discusión en que un olvido público pasado es substituido por una nueva configuración de la memoria y el olvido. Esta nueva postura debe permitir un tributo histórico más correcto sobre el período que condujo los militares a la dictadura. Los avances en las políticas de derechos humanos, encarnados en la figura de los desaparecidos y en la condenación moral del régimen militar, son

suficientemente fuertes para resistir a la tentación de una falsa memoria de izquierda heroica que, de cualquier forma, me parece más síntoma de un movimiento de desespero que una versión históricamente sustentable.

Si Nunca más y el proceso contra los generales en 1985 estableció una victoria de los derechos humanos en Argentina, con base en un relativo olvido público, un caso análogo puede hacerse con relación a la Alemania de la post-guerra. En Alemania el reconocimiento de la naturaleza criminal del régimen Nazi dependía de la fuerza de la memoria pública del Holocausto y de la aceptación de la culpa por la guerra.

El precio a pagar es comprensión, precisión y complejidad.
En pocas palabras: en Argentina había una dimensión política del pasado, a saber, los atentados en la guerrilla urbana a principios de la década de 70, tuvieron que ser ‘olvidadas' (silenciadas, desarticuladas) para conseguir un consenso nacional de memoria que emerge en torno de la figura del desaparecido como víctima inocente.

En cambio, en Alemania, fue la dimensión de la experiencia de los bombardeos de las ciudades alemanas que tuvieron que olvidarse para admitir plenamente el Holocausto como parte central de la historia nacional y de auto-comprensión.

Obviamente, Argentina ha alcanzado una nueva fase de discusión en que un olvido público pasado es substituido por una nueva configuración de la memoria y el olvido. Esta nueva postura debe permitir un tributo histórico más correcto sobre el período que condujo los militares a la dictadura. Los avances en las políticas de derechos humanos, encarnados en la figura de los desaparecidos y en la condenación moral del régimen militar, son suficientemente fuertes para resistir a la tentación de una falsa memoria de izquierda heroica que, de cualquier forma, me parece más síntoma de un movimiento de desespero que una versión históricamente sustentable.

Si Nunca más y el proceso contra los generales en 1985 estableció una victoria de los derechos humanos en Argentina, con base en un relativo olvido público, un caso análogo puede hacerse con relación a la Alemania de la post-guerra. En Alemania el reconocimiento de la naturaleza criminal del régimen Nazi dependía de la fuerza de la memoria pública del Holocausto y de la aceptación de la culpa por la guerra.

Pero inclusive estas nuevas versiones mantienen la historia como sustentada en la oposición mal olvido vs. buena memoria política. Mi argumento es que la estructura binaria del discurso es en sí reductora porque le falta reconocer la dimensión del olvido público que era central para la victoria de los memorialistas, sobre aquellos que querían el olvido. Como en el caso argentino, algo tuvo que olvidarse en el debate político público para que la memoria política del Holocausto tuviera "éxito" en primer lugar. Como en Argentina a partir de 1980, el olvido público en Alemania desde sus primeros tiempos estaba al servicio de una memoria política que era, en última instancia, capaz de forjar un nuevo consenso nacional, aceptando responsabilidades por los crímenes del régimen anterior. En ambos países, los recuerdos repudiados por razones políticas resurgieron.

Resurgieron no solamente como un retorno de lo represado, sino como resultado de una nueva amalgama del recuerdo del pasado con un presente político.

Así como la crítica latinoamericana sobre el neoliberalismo y el consenso de Washington presionó los recuerdos de la oposición de izquierda al capitalismo, llevándolos hacia un primer plano (los recuerdos de Allende en Chile serian un otro ejemplo), fue la guerra de Irak que dio a la memoria alemana sobre los bombardeos urbanos su resonancia contemporánea. La ironía en esta danza entre memoria y olvido es, evidentemente, que cuando ciertos recuerdos de interés político como el recuerdo del Holocausto en Alemania y la memoria de los desaparecidos en Argentina están codificados en el consenso nacional y se tornan clichés, se han convertido en un nuevo desafío para la memoria viva.

La represión produce inevitablemente un discurso, como nos enseña Foucault. Un discurso memorialista omnipresente, inclusive excesivamente público con una campaña de marketing, puede generar otra forma de olvido, un olvido de agotamiento ...El desafío del agotamiento afecta ahora ambos: la memoria del Holocausto y los recuerdos de la guerra aérea y tal vez hasta la memoria de los desaparecidos. En ese punto es cuando el foco intenso en la memoria del pasado puede bloquear nuestra imaginación del futuro y crear una nueva ceguera sobre el presente. En este punto, podremos desear colocar entre paréntesis el futuro de la memoria para poder recordar el futuro.

Andreas Huyssen

Conferencia “Resistencia a la Memoria: los usos y abusos del olvido público”<br>
Porto Alegre, 31 de Agosto de 2004